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				<article-title xml:lang="es">Fukuyama, Francis (2019): Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento. Barcelona: Deusto, 206 pp. ISBN: 97884-234-3028-4.</article-title>
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    <title>Crítica de libro: <italic>Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento</italic></title>
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    <p>El último libro del politólogo estadounidense Francis Fukuyama, aparecido originalmente en lengua inglesa en 2018, se acerca al concepto de identidad. Especialmente a sus implicaciones para la política contemporánea. En el mismo sostiene que la política durante casi todo el siglo XX estuvo dominada por cuestiones relativas a los problemas derivados de la redistribución y el reparto del bienestar material. Sin embargo, a partir de la década de 1970 y hasta nuestros días ha aparecido un nuevo eje que configura las discusiones y debates políticos: las cuestiones identitarias. Se trataría del paso de los llamados valores materialistas a los posmaterialistas (Inglehart, 2001)<xref ref-type="bibr" rid="methaodosJats_2166_ref3">Inglehart(2001)</xref>.</p>
    <p>Las políticas de identidad tienen tres grandes fuentes según Fukuyama. En primer lugar, los seres humanos además de un interés material, como sostiene la teoría económica estándar, están volcados hacia el reconocimiento de la dignidad y el valor personal. Es decir, la política no se fundamentaría tan solo en la búsqueda racional de recompensas sino en la del reconocimiento, muchas veces aparentemente irracional, de la dignidad personal y grupal. En segundo lugar, se debe a la aparición de una distinción entre un el yo interior y la sociedad exterior, es decir, a que las personas comenzaron a considerar que su persona era algo distintivo y auténtico frente a la sociedad exterior, muchas veces tachada de convencional e inauténtica. Esa personalidad interna merecía además un profundo respeto y era una fuente fundamental de la dignidad. Y, en tercer lugar, la dignidad personal se universalizó, es decir, se comenzó a considerar que no era algo restringido a ciertos grupos de elite, sino que todas las personas merecían el reconocimiento de su propia dignidad.</p>
    <p>Partiendo de esas premisas, las políticas de la identidad tenían dos versiones. Una abogaba por reconocer el valor de los individuos y otra por hacerlo lo propio con los colectivos. Es decir, la realidad que merecía reconocimiento podía ser la individualidad expresiva universal o la de colectivos como la nació o el grupo religioso, que reflejaban la necesidad humana de integración en un colectivo. Posteriormente, las personas comenzaron a reclamar el derecho a la dignidad de otros grupos a los que pertenecían. Grupos que defendían la igualdad racial, sexual, diferentes orientaciones sexuales, colectivo de inmigrantes, de personas transexuales y un largo etcétera comenzaron a ser vistos como colectivos merecedores de respeto. “Estos grupos reproducían luchas y enfoques de movimientos anteriores de identidad nacionalista y religiosa” (2019: 122)<xref ref-type="bibr" rid="methaodosJats_2166_ref2">Fukuyama(2019)</xref>.</p>
    <p>El principal problema con las políticas de reconocimiento de la diversidad es que los colectivos empezaron a considerar que sus experiencias eran únicas y que los ajenos al colectivo no podían comprender la identidad última del mismo. Si la experiencia de un colectivo no era accesible por el resto de las personas de una sociedad, difícilmente se podrían hallar bases comunes para la acción colectiva. En este sentido, las “políticas de la identidad”, aún siendo necesarias para combatir la injusticia, tienen para Fukuyama una serie de consecuencias negativas graves. En primer lugar, pueden ser una cortina de humo para esconder las crecientes desigualdades socioeconómicas. En segundo lugar, ocultan los intereses y problemas de los grupos más antiguos, como la clase obrera o los habitantes de las zonas rurales. En tercer lugar, pueden limitar la libertad de expresión en aras de una corrección política que no “ofenda” las diferentes identidades y sensibilidades culturales. En cuarto lugar, dificultan la acción colectiva, pues al fragmentarla hacen menos viables las políticas unitarias que busquen el bien común. Y, por último, la política de la identidad de la izquierda hace que la derecha política adopte estrategias basadas en la oposición a la corrección política que resucitan viejas políticas iliberales y antidemocráticas. Estos hechos, sin embargo, no impiden que según el autor las políticas de la identidad reflejen demandas justas y legítimas de grupos discriminados.</p>
    <p>En cierto sentido, las críticas de Fukuyama a las políticas identitarias recuerdan a las que realiza Daniel Bernabé (2018)<xref ref-type="bibr" rid="methaodosJats_2166_ref1">Bernabé(2018)</xref>, partiendo de posicionamientos ideológicos diferentes, sobre su capacidad de fragmentar la identidad de la clase trabajadora y destruir las políticas de los partidos de izquierda. Aunque, la preocupación parece diferente, ya que a Fukuyama parece preocuparle más el efecto de las políticas de identidad en las identidades nacionales que en las clases sociales o en los partidos políticos.</p>
    <p>La solución que propone no es la de abandonar las políticas de identidad, sino la de reforzar las identidades nacionales de modo que se vuelvan más “amplias e integradoras”. Parte de la idea de que “en el mundo contemporáneo, la diversidad racial, étnica, religiosa, de género, sexual y demás, es tanto una realidad como un valor” (2019: 141)<xref ref-type="bibr" rid="methaodosJats_2166_ref2">Fukuyama(2019)</xref>. Sin embargo, la identidad nacional en un mundo organizado en torno al Estado-nación continúa siendo necesaria por una serie de poderosas razones. Entre ellas encuentra que las naciones garantizan aún la seguridad física de sus ciudadanos. También determina la calidad del gobierno, pues la identificación con la nación hace anteponer los intereses comunes a los particulares a los funcionarios y políticos. Contribuye así mismo al desarrollo económico y ayuda a generar confianza entre los miembros de esta, lo cual aumenta el denominado capital social. Así mismo es necesaria para asegurar los mecanismos de aseguramiento social, pues los mejor posicionados tenderán a aceptar la redistribución en mayor medida si se siente partes de una misma comunidad política con los menos afortunados. Por último, la identidad nacional es necesaria para asegurar la existencia misma de la democracia liberal, pues esta es un contrato entre los ciudadanos y los gobiernos y requiere de una legitimidad que descansa en las nociones de pueblo y de comunidad nacional. En este sentido, sostiene que es necesario un apego “irracional” de los ciudadanos a la comunidad política democrática. No basta con un arraigo basado en consideraciones materiales o racionales.</p>
    <p>Los dos asuntos que han atacado más la identidad nacional en las democracias avanzadas han sido, según Fukuyama, la inmigración y los refugiados. Si se rechazan las políticas de exclusión de las minorías, más o menos violenta, el único camino para superar esas reticencias descansaría en la inclusión o asimilación de las mismas en la identidad nacional y en la capacidad de adaptar la identidad nacional a la diversidad existente en una sociedad. Las políticas de identidad son desacertadas para conseguir ese objetivo. “La clase de política de la identidad cada vez más en boga, tanto en la izquierda como en la derecha, es contraproducente, porque retrocede a una versión de la identidad basada en características fijas como la raza, el origen étnico y la religión que tanto costó derrotar” (2019: 173)<xref ref-type="bibr" rid="methaodosJats_2166_ref2">Fukuyama(2019)</xref>. La solución no sería crear identidades fragmentarias, sino identidades nacionales integradoras basadas en los ideales liberales de la democracia e incorporar a los inmigrantes a esas identidades integradoras. Es decir, se trataría de usar la identidad no tanto para dividir y crear pequeñas cajas, sino para integrar dichas cajas en una unidad mayor.</p>
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